Pululahua, seno de vida, abrigo de quimeras

Volcán inactivo de la Era Cuaternaria, cuya última erupción se sospecha que fue alrededor del año 500 AC. Está ubicado a solo cinco kilómetros del monumento a la “Mitad del Mundo”, donde acuden cientos de personas para captar instantes interesantes de dos hemisferios opuestos a la vez: el norte y el sur.
La boca del Pululahua es uno de los dos únicos cráteres habitados en todo el planeta, sector en el que fueron los Incas los primeros en habitar. Posteriormente se habla de los Monjes Dominicos y su establecimiento que obedecía a intereses de explotación de la cal.
Con el inicio de la Revolución Liberal, los terrenos fueron incautados por el Estado, entregadas finalmente a los trabajadores de los campo, anteriormente huasipungüelos, en 1979.
Este cráter rodeado de paredes volcánicas es seno de gente que ha habitado en él, durante muchos siglos. Los Pululahuenses llevan un ritmo de vida bastante ligero, pues basta sentarse en una roca para darse cuenta de ello, suben y bajan por los senderos ya marcados hace algún tiempo, muchos lo hacen sobre un caballo, otros prefieren tener un contacto más directo con el suelo, caminan plácidamente.
En esta ocasión, tres nuevos personajes se empaparían de experiencias en esta aventura inquietante al inicio, inmemorial al final.
Con unas cuantas maletas y un par de chompas llegamos al mirador Ventanillas, marcándolo como nuestro punto de partida. Desde allí, mis ojos perdieron el sentido del tiempo, tan solo se aglutinaron al hermoso paisaje que tenía en frente. Pensé “esto apenas es el inicio. ¿Qué esconde este paraíso?”, con un suspiro, cerré mi chompa y decidí hacer de esta experiencia, la mejor.
Empezamos a descender, el camino se tornaba un poco inseguro, pues piedrecillas aglomeradas en el suelo hacían que el equilibrio se pierda. Fueron dos o tres veces las que resbalé en el transcurso de la caminata. Los rasguños hicieron que me vaya acoplando a este espacio.
El clima era un poco frío, a medida que transitábamos por aquel sendero áspero el aire que respirábamos era cada vez más saludable, era de esperarse algo así, la vegetación se preveía variada, pero en gran cantidad. A instantes prefería alejarme de mis compañeros, tan solo intentaba sentir el silencio y la paz que brindan “rinconcitos” como este. En esos segundos mi atención se fijaba en las ramas de los árboles, las que receptaban algunas aves y pequeños insectos. Meditaba acerca de la responsabilidad que tenemos los seres humanos en no permitir que hábitat como este se pierdan. Un forcejeo en mi brazo me trajo de vuelta a la tierra.
Nuestro recorrido, el primero de tantos por cierto, fue de aproximadamente una hora y media, 3km. Luego de aquello optamos por un tramo llamativo, el cual nos llevó hasta “La Rinconada” restaurante del cual era propietario y administrador el Señor Rolando Vera. El atleta cuencano nos recibió cordialmente, además nos presentó al sitio que nos iba a acoger esa noche.
Después de almorzar en aquel establecimiento, decidimos explorar el lugar y sus alrededores. Para ello nos despojamos de las maletas y demás cosas que no se necesitaban por el momento, menos de nuestra compañera inseparable en esta aventura, la cámara fotográfica.
A lo lejos se podía divisar ganado, pequeñas moradas, grandes espacios de sembríos, el más abundante era el maíz. A lo lejos aparecían las montañas, escenario principal del Pululahua, y que en un futuro nada lejano, nos cubrirían con su majestuosidad.
A este sondeo se sumó un nuevo integrante. Era un canino oscuro del cual desconocíamos su nombre, sin embargo, eso fue lo que menos importó.
Nuestro paseo se vio suspendido al encontrarnos con una casa de gran tamaño y de aspecto misterioso. Tanta curiosidad nos embargó, que no dudamos en ingresar a ella. Las paredes estaban estropeadas, las puertas habían desaparecido, el techo ya casi no existía. Graffitis, frases sin sentido, eran el único rastro que indicaba que alguna vez había sido visitada.
El ambiente parecía un poco pesado cuando la rodeamos. Algo que distrajo mi visión fue el ver que un árbol crecía en el interior de una habitación. Quizás el volumen de la hierba que crecía ahí, los escombros arrojados, la humedad, nos hizo presumir que roedores habitaban en ella. A lo mejor fue por ello mi asombro al ver que un aviso en la parte superior de la fachada de aquella hacienda anunciaba su venta. De inmediato fuimos en busca de información para contestar las miles de interrogantes que se había hospedado en nosotros.
Frente a la “Hacienda Pululahua”, es así como se la denominaba en el anuncio, funcionaba una oficina del Ministerio de Ambiente, sostuvimos una pequeña charla con el Señor Ronal Navarrete, funcionario de esta institución, quien nos proporcionó información de la Reserva Geobotánica Pululahua y al mismo tiempo nos comentó de las debilidades del sector que se habían visto marcadas por la falta de presupuesto por parte del Estado. A pesar de ello, entre reflexiones y sonrisas nos aseguró lo maravillado que se encontraba al despertar en aquel lugar, en medio de una diversidad de vegetación y fauna. “Me siento muy orgulloso de ser ecuatoriano”, finalizó la persona responsable del área.
Cargados de unas cuantas vacilaciones más, habríamos acordado retornar al refugio, pero nos tomó unas horas más de lo calculado; antes hablaríamos con Don Miguel Chipantaxi, residente de esta tierra hace 87 años.
Ingresamos a su humilde morada, a lo lejos su esposa desgranaba maíz, probablemente para la cena, o quizás para comercializarlo. Sentado en una banca de madera Don Miguel nos relató su vida en el esplendoroso Pululahua. Mi mirada se dirigía hacia sus manos desgastadas por el tiempo y la tierra, entonces afirmé que su vida común para muchos era el mejor boleto hacia el pasado. Nos habló de su vida en comunión con la naturaleza, de los esfuerzos que ha realizado para salir adelante. Quien lo escuchara, lo calificaría como “El señor de las huertas que han hecho historia”. Sus ojos melancólicos me recordaban al guardián de pelo blanco de cada uno de mis sueños….
Sus palabras indirectamente nos encomendaron una misión para el día que renacería en unas cuantas horas, descifrar el misterio que escondía el Cerro del Chivo en relación a la leyenda que se escuchaba.
La noche caía, los árboles conducían el retorno planificado hace algunos instantes. Al llegar a “La Rinconada” nuestro paradero, las fotografías seguían surgiendo, era imposible no captar momentos en los que la noche parecía cobrar vida. El cielo se mostraba despejado, las estrellas apenas brotaban, era una noche como ninguna otra, rodeada de árboles de variados tamaños, se respiraba aire frío, pero de esos que disuelven el pensamiento.
Conversamos con la gente del restaurante, nos confirmaron lo que se comenta de la leyenda del Cerro del Chivo y a la vez nuestra impaciencia y curiosidad fue alimentada.
Las horas pasaban y yo no podía conciliar el sueño, fueron tantas cosas las que se apoderaron de mi mente, así que decidí tomar una silla y colocarla en medio de la alfombra verdosa, frente a las montañas que esperarían nuestra llegada. Hace mucho no me sentía así, mi mirada nostálgica ya no se enfocaba en algún punto de la pared de la ciudad, esta vez era en el firmamento virgen. Al fin estaba como lo anhelaba, llena de armonía desplegando mis sueños. El canto de los pájaros y grillos se escuchaba sin hacer mayor esfuerzo. Las pocas nubes del cielo viajaban sin prisa y con ellas mi sombra perdía juicio.
Al despertar, una sensación de humedad en mis pies me asustó, se trataba del rocío de la madrugada. Hacía mucho frío, pero eso no importó al momento de ponerse en pie y trazar un nuevo mapa para la aventura que estaría esperándonos.
Abrigados, quizás más de lo que un inicio estábamos partimos cerca de las 6h00 A.M. hacía nuestro objetivo, El Pondoña y Cerro del Chivo.
Caminamos por el sendero recorrido el día anterior, hasta tomar un atajo que nos acercaría al designio. Mis zapatos parecían extraños, estaban empapados a consecuencia de la humedad del área, entre risas parecía que esto no era lo único inesperado que sucedería.
El clima siempre estuvo a favor nuestro, no había viento. A medida que ascendíamos al Pondoña el frío apenas se hacía sentir, había varias clases de plantas, la gran mayoría poseía espinos, lo que sin duda alguna se presentó como una de las dificultades en esta expedición.
A pesar de no encontrarnos con senderos marcados logramos ascender gran mayoría de la montaña, 2360 metros. Fui muy difícil llegar hasta la cima, pues la maleza de las hierbas lo impedía. Cada paso que dábamos era marcado por algún propósito o pensamiento en especial. Realmente me era increíble pensar que al vivir en la ciudad me estaba perdiendo de todo eso, me estaba perdiendo de lo que realmente era vivir y del contacto con los seres con los que compartía este mundo.
Descendía de apoco, y yo continuamente regresaba a ver el camino que había pisado; en mi interior sabía que instantes como estos iban a ser guardados en mi memoria, tan solo quería congelar instantes en ella.
La felicidad que sentía al respirar el aire de aquella elevación es indescriptible, veía mis manos y pies y agradecía a la vida por poseerlos, no importaba si mis guantes para el frío estaban rotos por las grotescas ramas, sino el seguir de pie, comprobando hasta donde puedo llegar.
Era cerca de las 7h40 AM, caminábamos por los senderos del cráter algo cansados pero asombrados de la belleza natural existente en aquella guarida. Las fotografías seguían, había tanto que mostrar, cada detalle, flor y árbol, cada momento era más maravilloso que otro.
Gracias un poblador de la zona pudimos dar con el pasaje que nos llevaría hasta el escenario de la leyenda que todos comentaban, El Cerro del Chivo.
Una vez más nos armamos de valor y de mucha fuerza para poder emprender el nuevo recorrido. Hacía mucho calor, el agua se había terminado. No podía desprenderme del saco ni de los guantes que tenía puesto, pues este cerro tenía malezas en su interior, así que preferí resistir el calor.
Este camino era igual de rico en fauna que el del pondoña, a diferencia que tenía un sendero notorio, lo que parecería que el ascenso a la cumbre sería mejor. Nos encontramos con muchas mariposas, grandes, azules, blancas, amarillas, y hasta de color café, lo que normalmente uno no se encuentra, pero eran traviesas al igual que las otras. Escondían tanto en su vuelo, pero nosotros solamente podemos apreciar su belleza y acrobacia.
Paso a paso dimos con la famosa puerta de piedra del cerro, intentamos escuchar algo distinto, fuera de lo normal, esperamos, pero… Nada, tan solo reinaba el cantar de las aves y el sonido de las hojas de los árboles golpeadas por el viento.
Seguimos nuestra indagación con rumbo a la cima, yo ya no podía resistir más tiempo el calor, entonces fue que decidí amarrar el saco a mi cintura y seguir.
Poco después dimos con un tanque de riego de agua, pero estaba cercado y asegurado con un candado; fue allí donde mi compañero amablemente traspasó la seguridad de aquel lugar y trajo hasta mí un poco de agua, no parecía sucia pero tampoco estaba tan limpia, no me importó y la bebí. Ahí aguardamos un par de minutos, recolectamos energía y retomamos el camino, cada vez me sentí más cerca de la cúspide; me creía impaciente y a la vez emocionada, era una sensación de que ya nada me podía parar.
El sendero era angosto, en momentos tenía miedo de resbalar, sabía que me lastimaría pero, el placer de sentirme tranquila y conocer nuevos instantes me ayudó a concentrarme en la cima.
Los minutos pasaban, el sol trataba de imponerse, de a poco ascendíamos hasta que nos encontramos con rocas que además de firmes eran inmensas. Sin pensarlo dos veces y con mucho cuidado las escalamos, miraba hacía abajo pero la altura no me ganó, tenía que seguir y así fue.
Mis manos estaban lastimadas, mis ojos se fijaron en mi compañero de adelante, ya había llegado, su rostro cambió por completo, el cansancio se fue de su fisonomía y yo, quería sentir esa sacudida, faltaba muy poco.
Me tomé de una rama e impulsada por mi deseo de caminar en la cima logre dar la última travesía y matar de raíz el desaliento. Había llegado, al fin podía caminar sin prisa y sin temor alguno. La vista que ofrece este cerro es mágica, a pesar de verte lejos del mundo, lo sientes cerca, es algo contradictorio, lo sé pero, eso sentí.
Ahí arriba tomamos fotografías desde todo ángulo, la naturaleza lo pedía, como no congelar soplos de ella desde metros de altura.
Luego de tanta magia, tuvimos que descender, pues debíamos evitar que la neblina nos cobije a esa altura. Maravillada de lo que posee mi país descendí El Cerro del Chivo junto a mis compañeros, lo hice portando ideas extraordinarias, lúcidas; muchas están descritas de alguna forma en este papel, otras las guardo en lo más profundo.
El placer que uno siente al ver a lo lejos una elevación luego de haberla escalado es verdaderamente sublime, único.
Al llegar al lugar donde nos instalamos, “La Rinconada”, recogimos el campamento, aseguramos las mochilas para retornar en unas cuantas horas a la ciudad.
Nos sentamos en una mesa con vista a las montañas, almorzamos muy bien, pues nos esperaba un largo camino para Ventanillas.
Equipados igual que cuando llegamos, pero con rostros más emocionados y maravillados que al inicio, nos marchamos de aquel lugar que para mi fue más que un paraíso. Acompañados de la neblina llegamos al mirador, que ya no era el mismo de antes.
No hace mucho me sentía un poco trastornada por la rutina y sus adversidades, la verdad es que concebía cierta ansiedad, no sabía porque, ni cual era mi necesidad. En El Pululahua pude responder a todo ello y de pasito desvanecerme en el que antes era mi enemigo y ahora mi aliado, el Tiempo. Descubrí quien soy y hasta donde puedo llegar.
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